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Cartas que el viento nunca se llevó

La víspera de San Valentín, Lena entró en una librería de segunda mano para refugiarse de la llovizna y de cierta melancolía que no sabía nombrar. Al abrir un ejemplar ajado de poemas, cayó una carta doblada en cuatro. La tinta, ya fatigada, seguía viva: alguien había amado con una precisión desarmante y nunca había entregado aquellas palabras.
Lena leyó despacio y sintió un vuelco. Esto no puede quedarse aquí, pensó, guardándola con un cuidado casi reverencial.

La firma decía solo: Andrés. Había también una fecha de 1978 y el nombre de un café junto a la ribera. Lena salió a la calle con la determinación de quien sigue una intuición antigua. En el local, hoy reformado, una camarera recordó que el dueño conservaba cajas del negocio anterior.
—Si preguntas por Julián, viene al cerrar. Le encantan estas historias.
Lena pidió un café y esperó leyendo la carta por tercera vez, cada vez más cerca de su latido.

Julián apareció con una caja de cartón, olor a papel húmedo y una paciencia de archivero jubilado. Entre facturas y servilletas, encontraron una fotografía del antiguo café y, al dorso, un apellido: Valcárcel. Lena sintió la emoción limpia de las pesquisas bien encaminadas.
—Había una modista con ese apellido, dos calles más arriba. Cerró hace años, pero su hija sigue en el barrio.
Lena le dio las gracias y echó a andar. La ciudad parecía abrirse ante ella como un libro obediente.

La hija de la modista no tardó en reconocer el apellido, pero negó con suavidad. No era su familia. Aun así, al ver la carta, cambió de gesto y buscó en una libreta de teléfonos antiguos que guardaba por pura nostalgia.
—Espera. Andrés Valcárcel no cosía; afinaba pianos. Vivía cerca del conservatorio.
Lena salió deprisa. Cuando llegó al portal indicado, un vecino le dijo que Andrés había muerto hacía tres inviernos. La decepción le cayó dentro con un silencio más pesado que la lluvia.

Estuvo a punto de volver a casa, pero el vecino añadió algo desde el descansillo:
—Su sobrino vació el piso. Tiene un taller de encuadernación en la plaza del Reloj.
Lena llegó justo cuando bajaban la persiana. El hombre que salió olía a cola, cuero y tiempo bien cuidado. Escuchó sin interrumpirla; después tomó la carta con manos temblorosas.
—Soy Daniel. Andrés era mi tío. Escribió esto para Clara y nunca reunió valor para dárselo. Ella era mi madre.
Lena comprendió entonces que la carta sí había encontrado destino.

Daniel la invitó a entrar y puso agua a hervir en un hornillo diminuto. Le contó que su madre había querido siempre a Andrés, aunque la vida los llevó por caminos torcidos y prudentes. Al leer la carta, sonrió con una ternura sin rencor.
—Mi madre murió el año pasado. Habría llorado y luego se habría reído. Gracias por traerla.
Lena, con la taza entre las manos, sintió que algo en ella también llegaba a puerto. Antes de despedirse, Daniel dijo:
—Si te apetece, mañana te invito a otro café. Sin cartas perdidas.






