
cuentosIA
El segundo café del año

Amir y Elena cumplieron un año juntos con una idea tan romántica como peligrosamente precisa: repetir en un solo día todas sus primeras veces. Prepararon una lista en el móvil y salieron temprano, convencidos de que los recuerdos, con suficiente organización, aceptarían una segunda cita.

El bar seguía en la misma esquina, pero había cambiado de dueño y también de carta. Amir pidió café. Elena, recordando su timidez de entonces, buscó té sin encontrarlo. Amir eligió una infusión dudosa.
—Empieza mal la reconstrucción histórica.
—Eso demuestra que fue histórica, respondió, riéndose.

De vuelta en casa, reconstruyeron la primera discusión: el termostato. Elena subió dos grados; Amir lo bajó uno. Clic, clic.
—Podríamos aplicar una media ponderada.
—Podríamos aplicar una manta.
Acabaron riendo, sentados juntos bajo ella, mientras el salón decidía seguir fresco.

A mediodía, Amir repitió la primera receta que había cocinado para Elena. Midió, removió y relacionó tiempos de horno con órbitas planetarias. Elena puso la mesa, divertida. Cuando Amir abrió la puerta, una nube ascendió y la alarma gritó PI, PI, PI sin piedad.

Ventilaron la cocina y comieron la parte rescatable, que Elena declaró audazmente crujiente. Después corrieron hacia la estación para repetir su primer viaje. Llegaron jadeando justo cuando el tren se alejaba.
—La fidelidad al recuerdo está resultando impecable.
Amir hizo una reverencia con solemnidad de actor.

En el andén, Elena empezó a reírse; Amir la siguió hasta que ambos tuvieron que sentarse. Habían cambiado el bar, quemado la comida y perdido el tren. Sin embargo, cada desastre había terminado igual: improvisando juntos, sin reproches, encontrando un lugar cómodo dentro del caos.

Amir borró la lista del móvil. Elena le cogió la mano y regresaron andando al bar, ya sin perseguir ninguna réplica perfecta. Pidieron el segundo café de su año; esta vez, Amir tomó café y Elena encontró un té.
—Ahora sí.
Y el día, por fin, acertó.






