
cuentosIA
La reserva sigue en pie

Paco y Maribel llegaron cogidos del brazo a la dirección de su primer aniversario. Donde recordaban manteles blancos y sopa humeante, brillaba una tienda de móviles. Paco miró el escaparate, luego a Maribel.
—Bueno, cariño, cobertura sí que tienen.
Ella soltó una carcajada.

Maya aguardaba junto a la puerta, demasiado tranquila para ser inocente. Sacó del bolso una servilleta amarillenta, cubierta con la letra de Maribel: el menú original.
—El restaurante ha cerrado, pero la reserva sigue en pie.
Paco arqueó una ceja.
—Eso suena preocupantemente organizado.

En casa, Maya distribuyó tareas y preguntas: tiempos, cantidades, recuerdos. Maribel preparó el arroz; Paco cortó verduras con parsimonia de domingo. El olor los devolvió a la mudanza, cuando olvidaron la cazuela.
—También estrenamos el detector de humo.
—Inversión amortizada.

Después llegó la tarta, ligeramente torcida y orgullosa. Maribel rozó con el dedo una esquina del plato. Recordó la del nacimiento de Maya, comida a deshoras entre cansancio y asombro. Maya quiso saber cada detalle; Paco respondió tres y adornó discretamente otros dos.

Al descorchar el vino, el corcho cayó dentro con un plop poco elegante. Paco reconoció aquella botella: la misma clase que abrieron cuando perdió el trabajo. Habían decidido guardar la noticia hasta el postre, como si el azúcar pudiera negociar con las facturas.

Maribel sirvió las copas sin apartar los ojos de Paco. Él giró la suya, emocionado y fugitivo.
—Salimos de aquello.
—Y de cosas peores: tus arroces.
Maya rio, pero después alisó la servilleta con cuidado. Veinticinco años cabían allí, manchados y legibles.

Días después, la servilleta quedó enmarcada en la cocina. Paco contempló el menú, comprobó el arroz y levantó su copa. Ya no dijo «algún día».
—Por lo que salió bien, incluso cuando salió regular.
Maribel y Maya brindaron con él. La casa olía a tarta.






