
cuentosIA
Buenas noches, ombligo

Sofía ya estaba en la cama. La habitación olía a jabón y a sueño tranquilo.
Mamá acercó la manta hasta la barbilla y habló bajito, como una nana.
—Buenas noches, Sofía. Hoy vamos a dormir despacito, parte por parte.

Sofía escondió los pies bajo la sábana y esperó muy quieta.
Mamá tocó la manta donde estaban los dedos.
—Buenas noches, piececitos que tanto corristeis. Ahora descansad, suaves y calentitos.
Los piececitos de Sofía se quedaron quietos, como dormidos.

Después, Sofía puso las manos sobre la manta. Habían tocado cuentos, bloques y agua tibia.
Mamá las cubrió con cuidado.
—Buenas noches, manitas que tanto jugasteis. Cerrad los dedos, poquito a poquito.
Las manitas de Sofía aflojaron, blanditas como pan.

La barriguita de Sofía subía y bajaba muy despacio. Mamá apoyó allí la palma, sin apretar.
—Buenas noches, barriguita que guardaste la merienda y las cosquillas.
Sofía respiró hondo. Su barriguita hizo una ola pequeña y también quiso dormir.

Entonces llegó el turno del ombligo. Sofía ya lo sabía y apretó los labios para no reír.
Mamá susurró muy cerca:
—Buenas noches, ombligo redondito. Tú también descansas.
A Sofía se le escapó una risita suave. Luego el ombligo quedó quieto.

Quedaban los ojos de Sofía, cansados de mirar luces, cuentos y la cara de mamá.
Mamá pasó un dedo por la frente, lento, lento.
—Buenas noches, ojitos que tanto mirasteis. Cerrad las ventanas del día.
Los párpados bajaron como cortinas pequeñas.

Ya dormían los piececitos, las manitas, la barriguita, el ombligo y los ojitos.
Mamá arropó a Sofía una vez más.
—Buenas noches, Sofía entera. Descansa, mi niña.
Sofía soltó un suspiro dulce. Y, parte por parte, se quedó dormida.








