
cuentosIA
La torre más alta del parque

Leo llegó al parque con su cubo y sus palas nuevas. En el arenero, la arena estaba tibia y olía a tarde tranquila.
—Hoy haré la torre de arena más alta del mundo, dijo.
Hugo miraba desde el borde, con las manos vacías y los ojos muy atentos.

Leo puso el cubo boca abajo, apretó con fuerza y levantó despacio. La torre salió torcida, tembló un poquito y cayó con un plof suave.
Hugo dio un paso pequeño.
—¿Te ayudo?
Leo abrazó sus palas contra el pecho.
—No, gracias. Esta torre es mía.

Leo volvió a llenar el cubo hasta arriba. La arena se escapaba por un lado, como agua lenta entre los dedos. Intentó sujetarlo todo a la vez, pero le faltaban manos.
Hugo se agachó cerca, sin tocar nada.
—Yo puedo sujetar el cubo, dijo bajito.

Leo miró su torre rota. También miró las palas limpias de Hugo, esperando en silencio. Le gustaban mucho sus juguetes nuevos, pero la arena seguía cayendo.
—Vale... solo sujetas el cubo, dijo al fin.
Hugo sonrió suave y puso las manos donde Leo le indicó.

Juntos llenaron el cubo. Leo echó arena con una pala y Hugo dio golpecitos alrededor. Uno sujetaba, el otro apretaba. Luego cambiaron.
Al levantarlo, la torre quedó derecha. Más alta que antes.
—Otra encima, susurró emocionado.
—Y la sujetamos los dos bien.

Hicieron otra torre pequeña sobre la primera. Después otra más. La arena crujía bajito bajo las palas. Leo notó que su pecho ya no estaba apretado.
Cuando la punta rozó su nariz, los dos se quedaron quietos.
—Es altísima.
—Porque somos cuatro manos.

Después se sentaron junto a la torre y sacaron la merienda. Leo partió su bocadillo en dos. Hugo ofreció un trozo de fruta. Comieron despacio, mirando su obra.
Con una pala, Leo escribió dos nombres en la arena.
—La firmamos los dos.
Hugo asintió, muy feliz.








