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Alba y el desayuno secreto

Mañana era el Día de la Madre, y Alba tenía una idea que le zumbaba en el pecho como una abeja feliz: preparar el desayuno para Mamá.
Cuando la casa quedó en silencio, bajó con una linterna y su peluche de guardaespaldas. Abrió la nevera y tragó saliva.

Sacó leche, un plátano y un bote que pensó que era mermelada. No lo era.
"Vale... creo que sí", murmuró. Intentó alcanzar la tostadora desde un taburete. Entonces CLONC: la leche se derramó, el plátano salió rodando y Alba casi se cayó.

Se quedó sentada en el suelo, en medio del desastre, con un nudo apretado en la garganta. La cocina olía raro, a cacao soñado y mostaza equivocada.
Justo cuando iba a llorar, apareció Papá. No regañó. Solo se sentó a su lado, muy cerca.

"Quería hacer el desayuno para Mamá", dijo bajito.
Papá sonrió. "¿Y si lo hacemos juntos?"
Y lo hicieron. Papá puso el pan; Alba vigiló la tostadora. Papá calentó la leche; Alba removió el cacao. Después cortaron el plátano en rodajas pequeñas, muy serias.

Cuando la bandeja estuvo lista, Alba añadió un dibujo torcido y salió al jardín oscuro a por una flor. Volvió orgullosa con una mala hierba tiesa.
Subieron despacio. Alba notaba mariposas en la barriga y una mancha de cacao secándosele junto a la boca.

Mamá abrió los ojos y miró la bandeja, el dibujo, la flor imposible y la cara de Alba. Sonrió enseguida.
"Es el mejor desayuno del mundo".
"Se me cayó la leche... y puse mostaza". Papá se encogió de hombros. Los tres desayunaron en la cama. Nada era perfecto, salvo el amor.






