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La vecina del quinto y el misterio del WiFi robado: un cuento de humor con final inesperado

Carmen empezó a sospechar del mundo el martes en que la serie se quedó congelada justo antes del beso. No era la primera vez. Llevaba meses notando tirones, páginas eternas y una humillación insoportable en cada videollamada.
Abrió el panel del router con la solemnidad de una forense y vio tres dispositivos desconocidos. Tres. En su casa vivía sola. Cerró el portátil despacio y murmuró:
—Muy bien. Habéis elegido a la mujer equivocada.

Al día siguiente convirtió el salón en comisaría improvisada. Rescató un móvil viejo, lo apoyó frente a la mirilla con cinta aislante y bautizó la operación como Sombra de Banda Ancha. Después cambió la contraseña por una frase ofensivamente larga y dejó una libreta sobre la mesa: cartero, señora del tercero, repartidor de butano, gato del rellano.
—No descarto a nadie, anotó, sintiéndose ridícula y brillantísima a la vez.

La investigación le dio una alegría cutre pero intensa. Revisaba imágenes del rellano como quien estudia pruebas de un crimen elegante. Vio al cartero bostezar, a la señora del tercero regar un ficus mustio y al gato sentarse frente a su puerta con aplomo administrativo.
Aquella noche apareció una nueva red: “NO_ROBES_WIFI_CARMEN”. Ella se quedó helada. Luego sonrió, ofendida.
—Encima, sentido del humor, dijo, y apuntó: el culpable me conoce.

A la mañana siguiente tendió su última trampa: creó una red abierta llamada “FibraGratisVecinos” y esperó el anzuelo. El primer enganche llegó a las once y doce. Carmen siguió la señal con una aplicación absurda que pitaba BIP, BIP como un juguete poseído.
El rastro no subía ni bajaba. Se quedaba clavado frente a la puerta del ático, donde vivía don Julián, un viudo silencioso al que todos saludaban con cortesía distraída.

Carmen llamó con una determinación que se deshizo en cuanto don Julián abrió. Dentro olía a café recalentado y a casa demasiado callada. Sobre la mesa había un portátil antediluviano, una libreta de claves tachadas y una videollamada pausada en la pantalla.
Él bajó la vista.
—Mi hija vive en Bristol. A veces no me aclaro. El técnico tarda semanas. Vi vuestra red guardada una vez y… bueno.
Carmen tragó toda su película policiaca de golpe.

No hubo sermón, ni triunfo, ni villanos. Carmen entró, reinició el router viejo de don Julián, le apuntó la nueva contraseña en letras enormes y dejó programadas las videollamadas de los domingos. Cuando terminó, él parecía menos encogido.
—La próxima vez me robas azúcar, como una persona decente.
Don Julián soltó una risa frágil, verdadera. Al volver a casa, Carmen borró su lista de sospechosos. El gato, aun así, siguió pareciéndole dudoso.






