
cuentosIA
Que no cunda el perejil

La víspera de la mudanza, Adriana encontró a Luci sentada entre cajas mal etiquetadas, sosteniendo un cuaderno grueso.
—Como odias las despedidas, he preparado una que puedas corregir.
Adriana dejó las llaves sobre la mesa y respiró. Aquello prometía ternura, pruebas documentales y ninguna escapatoria.

El primer capítulo reconstruía su encuentro: una reunión laboral donde Luci habló demasiado y Adriana corrigió una fecha sin pestañear. Ambas decidieron que jamás serían amigas.
—Nuestro criterio era impecable.
Luci pasó la página sonriendo. Había guardado hasta la servilleta donde Adriana anotó después su número.

El segundo capítulo olía a estación y lluvia: perdieron el tren, eligieron un hostal dudoso y caminaron media tarde siguiendo un mapa del revés.
—Tú dijiste que controlabas.
—Controlaba el desastre.
Desde entonces, aquel viaje imposible era su historia favorita, pulida con cada repetición.

Después llegaron los audios interminables. Luci había dibujado ondas enormes junto a dos ollas humeantes: una hora de confesiones escuchada al doble de velocidad mientras ambas cocinaban en ciudades todavía cercanas.
—Así pareces razonablemente concisa.
Luci fingió ofenderse, pero sus ojos ya brillaban con una emoción contenida.

El cuarto capítulo contenía únicamente aquellas palabras absurdas: que no cundiera el perejil. Habían nacido durante aquel viaje y servido para averías, rupturas, domingos grises y decisiones difíciles.
—Funciona porque no significa nada.
—Funciona porque significa que estás conmigo.
Entonces el silencio cambió de peso.

El último capítulo aún estaba vacío. Luci entregó a Adriana un rotulador y, juntas, escribieron la mudanza: cajas mentirosas, cinta agotada y un sofá obstinado contra la puerta.
Al ceder por fin, CRAC, ambas quedaron inmóviles.
—Prométeme que seguiremos siendo así.
Luci no necesitó preguntar qué significaba.

Luci escribió la última línea con pulso firme: la distancia solo cambiaría el paisaje de sus audios. Adriana cerró el cuaderno y apoyó la frente en su hombro.
—No es un final.
—Ya. Es otro capítulo.
Afuera esperaba la ciudad nueva; dentro, lo importante seguía en su sitio.






