
cuentosIA
Valentina, Mateo y la luna que se escondió

Emmita cenaba en el jardín con Mateo y Valentina. La noche olía a hierba y pan tostado. Arriba, la luna parecía un farol enorme.
De pronto, una nube la tapó. Todo se volvió negro. Valentina se agarró a Emmita. Mateo dejó la cuchara quieta.

Se oyeron los grillos: cri, cri. Luego, frufrú entre los arbustos. Mateo tragó saliva.
"Yo quiero entrar", dijo bajito. Pero la puerta estaba lejos, al otro lado del jardín. Emmita miró la oscuridad, respiró hondo y pensó un momento antes de hablar.

"Vamos juntos. Contamos pasos", propuso.
Valentina apretó su mano. Mateo cogió la otra. Los tres avanzaron despacio sobre la hierba fresca. "Uno". "Dos". "Tres". Sus voces pequeñas sonaron valientes, aunque el jardín seguía lleno de sombras y ruiditos.

Siguieron: cuatro, cinco, seis. A cada número, Emmita notaba a Valentina menos tensa.
Al llegar al doce, Mateo pisó algo blando y pegó un salto. AAAY. Se quedó helado. Emmita bajó la vista. Era una zapatilla caída. Durante un segundo, nadie habló. Después, los tres se rieron.

Otra vez contaron. Trece, catorce, quince. El aire ya no parecía tan raro. En el paso veinte, la nube se apartó y la luna volvió de golpe.
"Ha vuelto", susurró. "Siempre vuelve. Es una nube, no un ladrón". Mateo levantó la barbilla.

"Yo no tenía miedo", dijo.
Emmita y Valentina le miraron en silencio. Mateo se encogió un poco. "Bueno, un poco". Volvieron a la mesa y siguieron cenando. Miraron la luna de otra forma: podía esconderse, sí, pero también regresar. Y veinte pasos juntos no eran tantos.






