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El osito que no quería soltar su cobijita

Lola y Paul exploraban el parque del barrio como si cada sendero escondiera un continente. Ella llevaba crayones e hilos de colores; él, una mochila repleta de palitos, piedras suaves y planes dudosos.
Aquella mañana soleada, Paul sacó una rama torcida. —Es una brújula, anunció. —Apunta hacia tu zapato. —Entonces mi zapato conoce el camino.
Rieron y avanzaron hasta descubrir a Barnaby sentado en el césped, abrazando su cobijita azul con preocupación.

Lola se agachó junto a Barnaby, mientras Paul dejó sus palitos en el suelo. —¿Qué ocurre?, preguntó con suavidad.
Barnaby acarició una esquina de la cobijita. —Es mágica y me da valentía. Queremos construir una cometa gigante, pero necesito ambas manos. Si la suelto, quizá se escape su magia.
Paul se rascó la barbilla y examinó la tela. —Podemos invitarla a volar. Lola sonrió. —Así no la abandonas. Solo cambia de trabajo.

Extendieron los palitos sobre el césped y eligieron los más firmes. Paul armó una cruz, Lola aseguró las uniones con hilos, y Barnaby sostuvo cada nudo, aunque al principio apenas separaba la cobijita de su pecho.
—Este palito insiste en ser cuchara, dijo al verlo torcerse. —Dile que hoy tiene una misión más emocionante.
Barnaby rio. Luego respiró hondo y extendió la tela sobre la estructura. La magia no desapareció; parecía cosquillearle los dedos.

Lola ató cintas de colores a la cola, y Paul colgó un cascabel diminuto. TILÍN, TOLÓN, cantó el viento.
Llegó la primera prueba. Paul sostuvo el hilo, Lola corrió cuesta abajo y Barnaby levantó la cometa. Sin embargo, una cinta se enredó en la mochila y los palitos giraron como una bailarina confundida. —Mi mochila también quiere volar. —Que espere su turno.
Deshicieron el nudo, acortaron la cola y buscaron una ráfaga más firme.

El viento llegó de repente, empujando la cometa hacia los árboles. El hilo vibró y Paul resbaló un paso. Lola lo sujetó del brazo, pero la ráfaga creció; si soltaban, la cobijita desaparecería entre las ramas.
Barnaby tembló. Después miró a sus amigos y abrió ambas manos. —Yo sostendré el carrete.
Paul se colocó detrás para ayudarlo. Lola liberó la cola atrapada y gritó: —¡Ahora!
Barnaby tiró con todas sus fuerzas. La cometa remontó la ráfaga y ascendió, serena, hasta rozar las nubes.

Durante un instante, Barnaby contempló su cobijita convertida en una vela azul. El cascabel enviaba diminutos saludos desde lo alto: TILÍN, TOLÓN.
Luego Barnaby aflojó los hombros. —La magia no estaba guardada en la tela, dijo. —También estaba en mí... y en ustedes.
Lola anudó una cinta sobrante alrededor del carrete, como recuerdo de aquella decisión valiente. Paul recogió el palito torcido. —La brújula tenía razón: encontramos una aventura.
Regresaron riendo, mientras Barnaby guiaba la cometa con ambas manos.









