
cuentosIA
La noche de las sillas azules

La noche en que iba a nacer su hermana, Pablo esperó con Papa en una sala del hospital. La máquina de bebidas zumbaba y la tele mostraba imágenes sin sonido.
Pablo movió los pies bajo la silla.
—¿Falta mucho?
Papa le apretó suavemente la mano.

Para hacer pequeña la espera, Papa propuso un juego: imaginar cómo sería la bebé. Pablo pensó en silencio, mirando las luces del pasillo.
—Creo que reconocerá mi voz, dijo.
—Y quizá se calme cuando le cuentes tus aventuras.
Aquella idea dejó a Pablo quieto y contento.

Después, Papa compró agua en la máquina. El botón hizo CLAC y la botella cayó con un golpe seco. Compartieron unos sorbos mientras Pablo preguntaba otra vez cuánto faltaba.
Papa no miró el reloj.
—Las noches importantes caminan despacio, respondió.
Pablo respiró y decidió caminar con ellas.

Entonces Papa le contó la noche en que nació Pablo. También había sillas incómodas, luces y una espera que parecía no terminar.
—Cuando por fin te sostuve, todo quedó en calma.
Pablo escuchó muy atento. Nunca había imaginado a Papa esperando por él, con aquel mismo nudo dulce.

Las horas siguieron pasando. Inventaron nombres para las formas del techo y adivinaron conversaciones de la tele muda. Al final, el cansancio pudo más.
Pablo apoyó la cabeza en Papa, que acomodó su hombro sin decir nada. Se durmieron juntos, rodeados por el zumbido constante de la máquina.

Una claridad suave asomaba ya por las ventanas cuando les dejaron entrar. Pablo despertó sobresaltado, y Papa le alisó el pelo con cuidado.
Ante su hermana, tan recién llegada, Pablo sintió alegría y vértigo.
—Hola, soy Pablo, susurró.
Luego buscó la mano de Papa y la apretó.

Mucho después, Pablo comprendería algo inesperado: recordaba apenas aquel primer saludo, pero guardaba entera la noche con Papa. El agua compartida, el juego, la historia y aquel hombro fueron su tesoro.
Antes de marcharse, Pablo dejó su mano sobre la silla.
—Aquí también empezó todo.






