
cuentosIA
Martina y las palabras mágicas de cada día

Emma salió al jardín con prisa detrás de su pelota. Pasó junto al cubo, la regadera y el banco, pero no saludó a nadie. Al pedir una galleta en la mesa, olvidó una palabra importante. Entonces el aire quedó quieto, como esperando algo.

Emma se paró. Miró la galleta, miró las margaritas y probó despacito:
—Por favor.
Enseguida, una flor abrió sus pétalos con un leve plop. Después otra. Y otra más. Emma dio un paso atrás, sorprendida, mientras una risa pequeña le cosquilleaba en la barriga.

Más tarde, Emma encontró su pelota junto al columpio. Al recogerla, vio que alguien le había dejado también su pala. Emma la abrazó y dijo:
—Gracias.
Los gorriones del seto respondieron con un canto rápido, alegre, casi como si supieran un secreto.

Emma quiso correr otra vez, pero tropezó y empujó sin querer una torre de cubos. CLAC, cayeron todos. Notó calor en las mejillas. Durante un momento pensó en marcharse. Luego respiró hondo y dijo bajito:
—Perdón.
El viento movió las hojas como un aplauso suave.

Entonces ocurrió lo más difícil. Emma vio una cometa atrapada en una rama baja. Quería cogerla primero, pero otra niña llegó al mismo tiempo. Emma tragó saliva y esperó su turno.
—Por favor, vamos juntas.
La rama cedió y la cometa bajó danzando.

Al volver a casa, Emma habló despacio todo el camino. Cada —gracias, cada —por favor, cada —perdón dejaba algo bonito detrás: una sonrisa, un trino, una flor abierta. Y Emma, muy seria, guardó aquellas palabras como quien guarda tesoros en el bolsillo.






