
cuentosIA
Martina y los pasos pequeños

Martina pensaba que todos los perros eran enormes. Sus ladridos le golpeaban el pecho como un tambor: ¡GUAU!. Cuando veía alguno, cruzaba de acera y apretaba con fuerza la mano de quien la acompañaba.
Una tarde descubrió un cachorro pequeñísimo junto a su vecino. Se quedó inmóvil.

El cachorro olisqueaba la hierba cerca del portal. Martina lo miró desde lejos, protegida tras la esquina. Tenía ganas de marcharse, pero también de entenderlo.
Solo miraré, pensó.
El vecino esperó sin llamarla. Martina agradeció aquel silencio y decidió quedarse un minuto más, respirando despacio bajo el cielo.

Al día siguiente, Martina volvió. El cachorro permaneció quieto mientras ella se acercaba dos pasos. Después retrocedió uno, porque el corazón corría demasiado.
—Hoy basta con esto, dijo bajito.
Nadie la empujó. Antes de entrar, Martina sonrió: aquella distancia ya era un poco menor.

Otra tarde, Martina se agachó y dejó la mano cerca, sin tocar. El cachorro avanzó despacio. Su hocico tibio olió sus dedos, y ella notó un cosquilleo.
Quiso apartarse, pero eligió esperar.
—Vale, puedes conocerme, susurró. El miedo seguía allí, aunque ocupaba menos sitio.

Entonces llegó la sorpresa. El cachorro dio un lametón rápido en la mano de Martina. Ella soltó aire, abrió mucho los ojos y permaneció quieta. No había dolido; parecía una gota templada.
—Me he asustado, pero estoy bien.
Luego acercó la mano otra vez.

Días después, Martina encontró al cachorro en el parque. Un niño lo observaba desde lejos, con los hombros tensos. Martina reconoció aquel miedo. Se acercó al niño sin tirar de él ni darle prisa.
—Primero podemos mirar. Después, tú decides.
El niño asintió y respiraron juntos.

Martina mostró cómo ofrecer la mano y esperar. El cachorro olisqueó al niño sin ladrar. Cuando él sonrió, Martina sintió una luz tranquila dentro del pecho.
No había dejado de ser prudente; había aprendido a avanzar despacio. De regreso, acarició al cachorro y celebró cada pequeño paso.






