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Lucas y el semáforo de las normas

Lucas corría por casa dejando un tren bajo la mesa, bloques en el pasillo y un tambor sobre el sofá. Cuando iba a salir sin recoger nada, delante de la puerta apareció un semáforo.
La luz roja parpadeó. Lucas frenó en seco, con los ojos muy abiertos.

Primero brilló la luz verde. Lucas vio el pasillo despejado y oyó risas, pasos ligeros, puertas que abrían sin tropiezos. Luego saltó la roja: CRASH. El tambor rodó, el tren pinchó un pie y todo se volvió un lío.
Lucas tragó saliva y empezó a recoger.

Más tarde, Lucas salió disparado hacia la calle detrás de una pelota. El semáforo mágico apareció junto al bordillo. La roja tembló como un aviso.
Lucas miró a un lado y a otro. Pasó un autobús haciendo BRUMM. Esperó. Después, la verde brilló tranquila.

En la biblioteca, Lucas encontró un libro de piratas y quiso contarlo todo en voz alta.
Entonces apareció el semáforo entre los estantes. La roja mostró páginas agitadas, sillas moviéndose y nadie entendiendo nada. Lucas bajó la voz y dijo:
—Vale... bajito. La verde dejó un silencio suave como manta.

Al volver al parque, Lucas vio a varios niños correr hacia el columpio al mismo tiempo. El semáforo apareció otra vez. La roja enseñó empujones, arena volando y caras enfadadas.
Lucas apretó los labios. Costaba esperar, pero se quedó en la fila hasta que la verde encendió sonriendo.

Cuando el sol empezó a caer, Lucas volvió a casa despacio. Recogió sus zapatillas, cruzó mirando y, antes de abrir su libro, habló en un hilo de voz.
El semáforo apareció una última vez. Solo encendió la verde. Lucas sonrió. Todo a su alrededor parecía encajar mejor.






