
cuentosIA
Los tres recuerdos de Olivia

Olivia despertó con un nudo en el estómago. Era el día de su primera comunión, y la etiqueta del vestido le picaba en el cuello. Al levantarse, los zapatos nuevos hicieron toc, toc, como si tampoco ellos supieran comportarse.
Desde el salón llegaba un murmullo impaciente: fotos, sonrisas, espera.

Ante el espejo del pasillo, Olivia intentó alisar el lazo de raso, pero sus dedos temblaron. Una mano tibia le abrochó despacio el cuello y se quedó un instante sobre su hombro. La picazón no desapareció, aunque el nudo del estómago aflojó.
—Así está mejor, susurró.

En la calle, Olivia caminó con cuidado. Cada paso producía un chirrido extraño, y el aire traía olor a flores. Había demasiadas miradas alrededor, pero ella buscó el ritmo de sus propios pies: toc, toc, pausa; toc, toc, pausa.
Al ver la iglesia, respiró hondo y siguió adelante.

Dentro, el eco de los pasos subió hasta el techo. Olivia se sentó, aún inquieta, mientras el aroma floral se mezclaba con la piedra fresca. Entonces todos callaron a la vez.
Aquel silencio raro y bonito parecía una manta ligera. Olivia dejó de pensar en fotografías y zapatos.

Al salir, el sol encendía el patio. Los primos de Olivia echaron a correr, y ella dudó: sus zapatos apretaban, el vestido pedía cuidado, las fotos todavía aguardaban.
Entonces se quitó los zapatos, los agarró con fuerza y corrió detrás de ellos. La hierba fresca le hizo cosquillas.

Olivia corrió más deprisa. El lazo saltaba a cada zancada y el sol calentaba el patio, pero sus pies desnudos seguían ligeros sobre la hierba. Por primera vez aquella mañana, no intentó quedarse quieta.
—¡Esperadme!, gritó.
Sus primos frenaron. Olivia los alcanzó, riendo y casi sin aliento.

Por la noche, en casa, Olivia dejó los zapatos juntos y se metió en la cama. Recordó la mano tibia, el eco del silencio y la hierba bajo los pies. El vestido y las fotografías parecían lejanos.
Cerró los ojos. Aquel día no había sido perfecto: había sido suyo.






