
cuentosIA
La medalla de los recuerdos

La semana anterior a su primera comunión, Teo llegó a casa del abuelo Antonio pensando en regalos y en cuántas personas acudirían. Pero el cobertizo aguardaba, lleno de polvo.
Juntos sacaron sillas apiladas. Cada una despertó con un chirrido metálico que atravesó el jardín.

Al atardecer, Teo colocó las sillas en filas. Retrocedía, torcía la cabeza y volvía a empezar; ninguna parecía obedecer.
—¿Tu fiesta tuvo tantas?
Antonio ajustó una pata sobre la tierra y recordó un traje prestado, con mangas demasiado largas, que debía remangarse continuamente.

Otro día barrieron las hojas del emparrado. Después, en la cocina, el olor a chocolate caliente envolvió la mesa. Antonio puso junto a las tazas una foto en blanco y negro.
Teo la acercó a la ventana.
—¿Solo hicisteis una?, preguntó.
Antonio asintió. Era suficiente para recordar.

Mientras colgaban una guirnalda de banderines, Antonio contó que su banquete había sido chocolate con churros. Teo dejó quieta la cuerda, esperando más.
—No hubo más, pero olía de maravilla, respondió.
Teo miró el pasillo de retratos y preguntó quién había guardado aquella fotografía durante tantos años.

El día de la ceremonia, Teo oyó el eco de la iglesia llena: voces, pasos, bancos que crujían. Por primera vez, no contó invitados ni imaginó paquetes.
Buscó a Antonio entre la gente y, al encontrarlo, comprendió algo sencillo: cada recuerdo parecía sostener el siguiente.

Después, en el jardín por fin preparado, las sillas seguían torcidas, aunque ahora parecían una acogedora constelación.
Hubo fotografías bajo los banderines y pasos sobre las hojas recién barridas. Teo ya no pensaba en cuántos habían venido, sino en que todos habían reservado aquel día para recordarlo.

Al caer la tarde, Teo y Antonio se sentaron en el banco. El jardín respiraba despacio. Antonio abrió la mano y dejó una medalla en la palma de Teo. Su peso frío lo estremeció.
—La llevé aquel día, dijo.
Teo cerró los dedos y ambos permanecieron juntos.






