
cuentosIA
Santiago y la Luna
Por mi corazon, mi hijo.

Cada noche, antes de la cama, Mamà salía a la veranda con un libro cerrado contra el pecho. Miraba la Luna y respiraba despacito.
Santiago la imitaba con su chupete torcido.
—¿La Luna también se lava los dientes?
Mamà rio bajito, suave.

Una noche, Zuma no vino cuando Santiago llamó. Sonó un cascabel suave junto al jardín: clin, clin. Santiago abrió la puerta solo un poquito.
—Zuma, ven, que ya es hora de roncar, dijo, como si fuera mayor.

Zuma corrió despacio, oliendo macetas, piedras y una hoja muy importante. Santiago le siguió por el sendero.
La noche olía a tierra fresca. Los grillos cantaban bajito. Santiago bostezó.
—Zuma, tus investigaciones tienen mucho sueño.

Al girar tras un seto, Santiago ya no vio la puerta. Todo parecía igual: dos bancos, tres sombras y una farola dormida.
Abrazó a Zuma.
—Creo que la casa está jugando al escondite, murmuró. Su voz salió pequeña.

Entonces Santiago recordó a Mamà en la veranda. Ella siempre miraba arriba, como si allí hubiera una manta tranquila.
Santiago levantó la cara. La Luna estaba redonda y clara.
—Hola, Luna. ¿Has visto mi casa?
El cielo pareció escuchar.

La Luna sonrió sin ruido. Su luz cayó sobre el camino como leche tibia. Primero brilló una piedra. Luego otra. Después, la esquina de la veranda.
Una voz muy suave dijo:
—Pasito corto, Santiago. Zuma ya sabe oler cenas.

Santiago caminó pasito corto. Zuma iba delante, muy serio, aunque se paró a oler una zapatilla olvidada.
—Eso no es cena, detective, dijo casi riendo.
La veranda creció cerca, con su luz dulce esperando.

Mamà apareció en la puerta, con los ojos llenos de alivio. Se agachó y abrió los brazos.
Santiago entró en ellos como en una manta.
—Mi valiente buscador, susurró.
—La Luna me ha traído. Y Zuma casi merienda zapato.

En la cama, Santiago tapó a Zuma con una esquina de manta. Mamà dejó el libro en la mesilla y besó su frente.
La Luna miraba por la ventana.
—Buenas noches, mi Luna, dijo.
Y todo quedó suave. Muy suave.






