
cuentosIA
La luna que perdió su brillo
Para ti, que haces el mundo más bonito 🌈

Cada noche, Sofía se asomaba a la ventana y decía: —Buenas noches, luna. Luego se metía en la cama, tranquila.
Pero aquella noche el cielo estaba raro. La luna colgaba arriba, sí, aunque parecía apagada, como una lámpara cansada. Sofía abrió mucho los ojos.

Sofía no quiso dejarla sola. Se puso las zapatillas y, al tocar el alféizar, apareció un camino de nubes blanditas. Subía despacio, muy alto.
Sofía respiró hondo y siguió adelante. El aire olía a noche limpia. Todo estaba en silencio, salvo un leve shhh.

Arriba encontró a la luna sentada, gris y triste. Tenía la luz escondida, como si la guardara dentro.
La luna suspiró y dijo: —¿Para qué brillar si nadie me mira?
Sofía se acercó un poquito más. Aquello le dio pena de verdad.

Sofía negó con la cabeza. —Eso no es verdad, dijo bajito.
Le contó que su abuela la saludaba cada noche. Que los gatos la miraban desde los tejados. Que los barcos la seguían en el mar oscuro. La luna escuchó sin moverse, muy quieta.

Entonces la luna preguntó, casi en un susurro: —¿Y tú?
Sofía sonrió. —Yo también. Todas las noches. Eres lo último que veo antes de cerrar los ojos.
La luna tembló un poco. Después empezó a brillar despacito. Primero suave. Luego más.

Sofía bajó por el camino de nubes y volvió a su cama calentita. Desde la ventana, la luna brillaba otra vez, redonda y serena.
Sofía levantó la mano y murmuró: —Buenas noches, luna.
Y cerró los ojos. Esta vez, sonriendo también por dentro.






