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El profe Julio se jubila: un cuento de homenaje

Aquella mañana, Julio llegó al colegio pensando que sería un viernes cualquiera. Pero el pasillo estaba demasiado callado, como si guardara un secreto. Al entrar en su clase encontró una nota sobre la mesa.
—No abras el armario hasta el recreo. Julio sonrió, intrigado.

Durante la primera hora, Julio intentó explicar la lección, pero los alumnos cuchicheaban y escondían papeles bajo los cuadernos. Cada vez que él se acercaba, sonaba un PLOP de silla o una risa contenida.
—Hoy estáis rarísimos, dijo, aunque por dentro sospechaba algo bueno.

En el recreo abrió el armario y cayó una lluvia de sobres de colores. Había dibujos, cartas torcidas y fotos antiguas. Una decía: —Gracias por enseñarme a leer sin miedo. Julio se quedó muy quieto.
Entonces oyó pasos en el patio y un murmullo creciendo como una marea.

Cuando salió, vio a sus compañeros, a familias y a varios exalumnos junto al patio cubierto. Nadie llevaba prisa. Una antigua alumna dio un paso al frente.
—Julio, venías a enseñar sumas, pero nos enseñaste a mirar a los demás.
A Julio se le humedecieron los ojos.

Faltaba lo más difícil. Sobre una mesa esperaba la vieja campana del colegio, la que Julio tocó durante tantos años. El director se la ofreció en silencio.
Julio respiró hondo y la hizo sonar: CLANG.
Entonces estalló el aplauso, largo, alegre, imposible de olvidar.

Al despedirse, Julio no prometió grandes cosas. Plantó en el jardín del colegio un pequeño olivo con ayuda de sus alumnos.
—Para que sigáis creciendo juntos, dijo.
Al marcharse, comprendió que jubilarse no era irse del todo: era quedarse de otra manera.






