

Mateo oyó un tintineo tras la tapia y empujó una puerta escondida.
Dentro apareció un jardín secreto con flores quietas, como si guardaran un suspiro antiguo y curioso.

Mateo tocó una flor; se volvió roja. “¡Uy! Creo que me he enfadado”.
Al apartar la mano, otra flor pasó a azul y Mateo notó un nudo de miedo.

Mateo dijo: “Tengo miedo”, y sopló despacio. La flor azul clareó un poco.
Leyó un cartel pequeño: “Riega, escucha, nombra lo que sientes”. Mateo buscó agua con cuidado.

Mateo regó; las flores se hicieron amarillas. “Esto parece alegría”, rió bajito.
Pero una nube tapó el sol y el jardín se apagó a violeta, como cuando te sientes solo.

Mateo susurró: “Estoy triste”. Una flor violeta tembló, como pidiendo una mano.
Mateo apretó los labios, respiró contando hasta cuatro, y la tristeza dejó espacio para un verde tranquilo.

De pronto, un viento fuerte dobló los tallos. “¡No!”, gritó Mateo, y todo se puso negro.
Mateo quiso correr, pero se paró: “Estoy muy enfadado y asustado; necesito ayuda”. Llamó a su abuela.

Mateo ató cañas, sujetó tallos y respiró. El negro se rompió en naranja valiente.
Cuando llegó su abuela, Mateo dijo lo ocurrido sin vergüenza. Ella asintió: “Sentirlo es normal, Mateo”.

Mateo y su abuela plantaron una nueva semilla. Brilló rosa, como cariño compartido.
Al salir, Mateo miró sus manos manchadas y pensó: si nombro lo que siento, puedo sentirme mejor.






