
cuentosIA
El gigante que hablaba bajito

En el pueblo de Marco, los mayores hablaban de un gigante que caminaba de noche entre las casas. Marco no se lo creía. Pero, al meterse en la cama, oyó pasos lentos, tan hondos que el vaso de su mesilla tembló muy despacio.

Marco se asomó a la ventana. La calle estaba vacía, quieta como una manta estirada. Entonces oyó una voz finísima, casi de viento:
—Cierra los ojos, que yo vigilo.
Marco cerró la ventana y se tapó hasta la nariz. Su corazón corría; la voz, no.

La noche siguiente, los pasos volvieron: pom, pom, pom. Marco no cerró la ventana. Esperó. Una sombra enorme pasó por la calle y tapó la luna un instante. Después llegó el susurro:
—No tengas prisa, yo estoy aquí.
Marco siguió mirando, muy serio.

A la tercera noche, Marco salió al balcón descalzo. Y lo vio. Un gigante estaba sentado entre dos tejados. Respiraba despacio; las veletas giraban como si bailaran. El gigante se llevó un dedo a los labios.
—Shhh.
Marco ya no tenía ganas de esconderse.

Marco tragó saliva y preguntó en voz baja:
—¿Por qué hablas tan bajo?
El gigante sonrió apenas.
—Porque las cosas importantes no hace falta gritarlas. Y ahora lo importante es que duermas.
Luego sopló despacio. Su aliento tibio olía a pan recién hecho. A Marco le pesaron los párpados.

Marco volvió a la cama. Cerró los ojos. Los pasos se alejaron, cada vez más suaves, como si la noche anduviera de puntillas. Antes de dormirse, oyó otra vez aquella voz:
—Yo vigilo, tú descansa.
Marco sonrió. Desde entonces, la oscuridad le pareció menos sola.






