
cuentosIA
Diez mil amaneceres contigo

Al volver a casa, Camila encontró un sobre sin remitente entre las facturas y la propaganda del supermercado. Sonrió: ya era raro que el destino usara buzones.
Dentro había una tarjeta: —Empieza donde termina el día. Camila murmuró, vale, y pensó en todos sus atardeceres.

Subió a la azotea del edificio, donde tantas veces había dejado enfriarse los problemas. El cielo ardía despacio y, bajo una maceta, encontró otra nota y una llave antigua.
—Perfecto. Un tesoro serio siempre empieza con jardinería, dijo, riéndose sola.

La llave abrió un pequeño cajón en el escritorio del salón, ese donde Camila guardaba poemas a medias y recibos imposibles de tirar. Dentro halló una cinta de casete y una frase: —Escucha sin corregir el pasado.
Le sorprendió temblar antes de pulsar play.

La grabación devolvió su propia voz, más joven, leyendo versos torpes y valientes. Luego sonó otra nota final: —Nunca dejaste de mirar el mundo como si escondiera milagros.
Camila se echó a reír al oír un gallo lejano colarse en el poema. Hasta sus recuerdos tenían sentido del humor.

Bajo la cinta apareció la última indicación: —Ahora mira lo que has dado. Camila abrió una caja olvidada. No guardaba joyas, sino entradas, cartas breves, fotos dobladas, agradecimientos mínimos.
Entonces entendió: durante años había sembrado consuelo sin llevar la cuenta. Y eso también era un tesoro.

Sentada en silencio, Camila volvió a leer cada papel como quien reconoce una casa al anochecer. No había un gran secreto, sino algo mejor: su manera de querer había ido dejando luz.
—Menudo viaje para acabar aquí, susurró.
Y sonrió, por fin encontrada.









