
cuentosIA
Regalo de jubilación original: Paco se jubila

Aquel amanecer, Paco condujo el tren con la serenidad de siempre y una punzada nueva en el pecho. Era su último servicio. Cada estación le devolvía años enteros: madrugones, niebla, averías, risas compartidas. Aun así, siguió atento, como si el deber no supiera jubilarse.

En la penúltima parada, un silencio raro recorrió los vagones. Paco miró el reloj, frunció el ceño y pensó que algo no cuadraba. Al llegar al andén final, encontró a sus compañeros aguardando, demasiado quietos, con esa solemnidad torpe de quien esconde una alegría.

Entonces sonó un aplauso, primero tímido, luego redondo, y Paco se quedó clavado en el suelo. Entre abrazos vio a su familia avanzar desde el fondo. Su hija dijo:
—Hoy no vuelves a casa cansado, Paco; hoy vuelves querido.
Él se llevó la mano al bolsillo para disimular.

La fiesta ocupaba el viejo almacén junto a las vías. Había fotos, anécdotas y una mesa larga con tortilla, empanada y vino. Paco reía, pero también temblaba un poco: dejar la cabina era dejar una parte de sí mismo. Un compañero alzó la voz:
—Aún nos marcas el rumbo.

Cuando trajeron el regalo, Paco notó el pulso acelerado. Rasgó el papel y apareció una caja de madera pulida. Dentro descansaba una placa grabada con todas las rutas de su vida y, debajo, billetes para un gran viaje. Paco susurró:
—Ahora me toca mirar por la ventanilla.

Al caer la tarde, Paco salió un momento al andén vacío. Escuchó el eco lejano de otro convoy y sonrió sin tristeza. Había cumplido de sobra. Detrás quedaron las vías; delante, la vida entera, esperándole despacio. Y Paco, por primera vez en años, no tenía prisa.






