
cuentosIA
Veinte años y un café

Camila recibió la llamada un martes, al salir del trabajo. La casa del pueblo se vendía; había que vaciarla aquel sábado de otoño.
Durante años, ella y Roberto habían rodeado esa herencia como quien esquiva una mesa con aristas. Ninguno vivía allí, pero ambos seguían atrapados dentro.

Roberto llegó antes y abrió las ventanas. El aire frío levantó polvo sobre las cajas apiladas.
Camila dejó el bolso en el recibidor, sin besarle ni reprocharle nada. Él señaló el salón.
—Empezamos por ahí, si te parece.
Camila asintió, con el abrigo aún puesto.

Encontraron la radio del padre bajo una manta. Roberto giró el dial y sonó un CRACK cansado, apenas música.
Camila sonrió sin querer.
—Siempre decía que las canciones buenas aguantaban hasta las interferencias.
Roberto bajó la mirada, envolviendo la radio con más cuidado del necesario.

En la cocina aparecieron las tazas desparejadas, cada una con una grieta distinta. Camila las alineó sobre la mesa vacía, como si ordenara un poema doméstico.
Roberto preparó café soluble con agua templada.
—No es gran cosa.
—Aquí nunca lo fue. Y aun así sabía bien.

Al mover una estantería, descubrieron la marca de lápiz en la pared. Dos líneas torcidas medían antiguas estaturas y una competencia ya sin vencedores.
Camila pasó el dedo por su nombre, casi borrado.
Roberto respiró hondo.
—Yo también me quedé pequeño ahí.

La tarde cayó despacio. Quedaban cajas, papeles y una conversación entera esperando, pero el cansancio les quitó filo.
Camila sostuvo una taza entre las manos.
—Te he echado de menos.
Roberto no contestó enseguida. Después acercó la cafetera.
—Yo también, Cami.

No hablaron de cuentas ni de culpas aquella noche. Cerraron la casa con dos llaves y muchas preguntas intactas.
Camila caminó junto a Roberto hasta el coche, oliendo a polvo y café.
Nada estaba arreglado del todo. Precisamente por eso, volver a empezar parecía posible.









