
cuentosIA
La primera noche con la ventana abierta

A finales de abril, Sonia abrió la ventana del dormitorio como quien repite un rito olvidado. Hacía la temperatura exacta para dejar pasar la noche. Entraron un coche lejano, una moto breve y, desde el portal de enfrente, dos voces detenidas en algo irreversible.

Sonia no distinguía las palabras, solo pausas demasiado largas para un simple hasta mañana. Escuchó sin querer, quieta, con esa atención involuntaria que a veces duele más. Entonces reconoció el sonido verdadero: no discutían; estaban soltándose, despacio, como quien despega una venda antigua.

A Sonia le volvió otra noche, otra escalera, otra frase dicha demasiado pronto para entenderla. Recordó que entonces respondió casi seca, por no suplicar. Vale, había dicho, como si aquella palabra sirviera para ordenar el mundo. Pero solo había servido para vaciarlo un poco.

Abajo, una voz subió más clara durante un segundo:
—Cuídate.
Después, silencio. Sonia apoyó la frente en el marco. Pensó que las despedidas no terminan cuando uno se va, sino cuando dejan de pedir explicación. Y la suya, evidentemente, aún respiraba en algún rincón.

Vio cómo cada uno tomaba una dirección distinta y no miraba atrás. Sonia entendió entonces algo incómodo y limpio: había confundido cerrar en falso con cerrar del todo. No le faltaba olvido; le faltaba permiso. Permitirse haber querido bien, aunque no bastara.

No lloró. Sonia solo se recogió el pelo y cerró la ventana un poco, lo justo para que la casa siguiera oyendo la calle. El aire tibio entró como una frase sin prisa. Esta vez no arreglaba nada; precisamente por eso, por fin, la acompañaba.






