
cuentosIA
Leo y el niño de la silla con ruedas

Leo llegó al parque dando saltitos, como si el suelo tuviera muelles escondidos.
Corrió hasta los columpios, frenó junto al banco y casi saludó a una papelera por despiste. Se rió solo.
Entonces vio a Álex, tranquilo, mirando el cielo lleno de nubes.

Álex estaba junto al camino, con su silla de ruedas cerca del banco. Miraba hacia arriba como si leyera un cuento en el cielo.
Leo quiso acercarse enseguida, pero se quedó quieto.
¿Y si digo una tontería?, pensó, rascándose la rodilla.

Leo dio tres pasos, luego dos hacia atrás. Una hoja crujió bajo su zapatilla: CRAC.
Álex giró la cabeza y sonrió.
Leo tragó saliva. Tenía ganas de jugar, pero no sabía cómo empezar sin meter la pata hasta la oreja.

Por fin, Leo se acercó despacio y preguntó:
—¿Puedo empujar tu silla?
Álex levantó las cejas, divertido, y contestó:
—No necesito que me empujes, pero puedes sentarte ahí y jugamos a algo.
Leo asintió rápido, aliviado.

Leo se sentó en el banco junto a Álex. El parque olía a hierba y a merienda de tarde.
—Vale. ¿A qué jugamos?
Álex señaló el cielo.
—A adivinar nubes. Gana quien vea la cosa más rara.
Leo abrió mucho los ojos.

La primera nube pasó lenta, redonda y presumida.
—Yo veo un dragón con hipo, dijo muy serio.
Leo soltó una carcajada.
—Pues yo veo un helado gigante. Pero se está derritiendo encima del dragón.
Los dos hicieron sonidos de chapoteo: SPLASH, SPLASH.

Después vieron una nube con forma de calcetín perdido, otra de barco torcido y una que parecía una tortilla enorme.
—Esa tortilla necesita pan, dijo.
—Y una siesta, respondió Álex.
Leo rió tanto que casi se le escapó un estornudo.

Mientras jugaban, Leo descubrió que a Álex también le gustaban los charcos, los cuentos de piratas y mezclar patatas con kétchup.
—Mi bocadillo siempre acaba aplastado, confesó.
—Eso no es bocadillo. Es alfombra de merienda, dijo Álex.

De pronto, una nube enorme tapó el sol y dejó el parque en una sombra fresquita.
Leo miró arriba, muy concentrado.
—Esa es difícil, murmuró.
Álex sonrió.
—Parece una montaña con puerta secreta. Si entramos, hay tesoro seguro.

Leo cerró los ojos un momento e imaginó la puerta abriéndose con un BOOM suave, como tambor de fiesta.
—El tesoro son galletas que nunca se acaban, dijo.
—Y un mapa para encontrar más nubes.
Se miraron felices.

La tarde bajó despacito. Leo no había corrido mucho, pero tenía las mejillas calientes de tanto reír.
Entendió algo sencillo: jugar no siempre era ir deprisa. A veces era sentarse, mirar arriba y compartir una idea pequeña hasta hacerla enorme.

Cuando llegó mamá, Leo fue hacia ella con pasos contentos.
—He hecho un amigo nuevo. Es el mejor adivinando nubes, dijo orgulloso.
Álex saludó desde el banco.
Leo le devolvió el gesto y pensó que mañana el cielo traería otra aventura.








