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Alba y la niña que hablaba con las manos

El lunes, Alba entró en clase y notó un silencio distinto, como cuando todos contienen el aire. La profe presentó a una niña nueva: Nora. Alba levantó la mano para saludar, pero Nora miraba atenta sin hablar. En el recreo, Alba se acercó con su bocadillo. Quiso decir “hola”, y solo le salió un gesto torpe. Nora sonrió, paciente.

Nora levantó las manos y, despacio, dibujó algo en el aire. Luego se señaló y repitió el movimiento. Alba entendió: era su nombre. “¿Nora?”, susurró Alba. Nora asintió y le enseñó otra vez, más claro. Alba imitó el signo; al principio se equivocó y se rió nerviosa. Nora rió también, y el nudo en la barriga se aflojó.

Esa tarde, Alba no paró quieta en casa. Sacó ceras, hojas y pintó a dos niñas en el patio, con un sol enorme. Al día siguiente, se lo entregó a Nora sin saber si era suficiente. Nora abrió mucho los ojos, como si el papel fuera un regalo de cumpleaños. Se tocó el pecho y luego señaló el dibujo. Alba comprendió: le había llegado.

En el recreo, Nora tomó la mano de Alba con suavidad y le enseñó un signo nuevo. Hizo un movimiento corto, cercano al corazón. “Amiga”, dijo Alba en voz bajita, copiándolo. Nora aplaudió a su manera, moviendo las manos en el aire. Alba quiso contarle mil cosas, pero se le amontonaban. Entonces señaló el cielo, hizo una nube con los dedos y ambas rieron.

Una mañana la profe pidió hacer grupos. Alba corrió hacia Nora, pero dos niños se colocaron en medio hablando rápido, sin mirarla. Nora se quedó quieta, sin enterarse. Alba tragó saliva: si no actuaba, Nora se quedaría sola. Alba tocó el hombro de los niños, levantó las manos y repitió el signo de “amiga”. “Ven con nosotras”, dijo despacio, mirándola a la cara.

Diego frunció el ceño un segundo, pero luego bajó la voz y sonrió. Lucía preguntó: “¿Cómo se dice ‘hola’?” Nora lo mostró, orgullosa. Alba repitió el signo y lo hicieron los tres, torpes y contentos. Durante la tarea, Alba y Nora se pasaban el lápiz, una nota con dibujos y muchas miradas que decían “te entiendo”. Al salir, Alba pensó: hoy la clase sonaba a manos.








