
cuentosIA
Las BFF al rescate

Sienna llegó al cole bostezando tanto que Nicole le ofreció su cuaderno como almohada.
—Solo tiene un problema: hay deberes dentro.
Sienna se rio, pero la risa se le quedó a medias. En el patio, todos discutían: por un balón, por los turnos, por una goma prestada. Hasta jugar al escondite parecía una competición de enfados.
—¿Desde cuándo se odia todo el mundo?
Nicole guardó el cuaderno. Aquello necesitaba algo más que una broma. Se quedaron juntas, escuchando aquel barullo.

Durante el recreo, Sienna propuso organizar juegos en los que nadie pudiera quedarse fuera. Nicole prefirió preparar un rincón para hablar de los enfados.
—Hablar no es un juego. Se van a aburrir.
—Pues tus juegos tampoco arreglan todo.
Sienna escribió su idea en una cartulina sin preguntar nada más. Nicole apartó los rotuladores.
De pronto, las mejores amigas estaban sentadas en extremos distintos del banco. Querían rescatar el cole y ni siquiera conseguían compartir una cartulina. Vaya comienzo.

Sienna intentó terminar el cartel, pero cada frase le sonaba mandona. Dejó el rotulador y se acercó a Nicole.
—He decidido por las dos. Perdona. Cuéntame lo del rincón.
Nicole explicó que algunos llevaban días sin poder contar qué les había molestado. Sienna escuchó sin interrumpir, aunque tuvo que tragarse una idea estupenda sobre carreras de cucharas.
—Después podemos jugar. Las cucharas no van a escaparse.
Sienna le pasó la cartulina. Esta vez, dejaron sitio para las dos propuestas.

Al día siguiente, colocaron su cartel junto al banco: Las BFF al rescate. Debajo habían escrito una invitación para escuchar primero y jugar después.
Sienna sintió cosquillas en el estómago cuando se acercaron varios compañeros todavía enfadados. Nicole se quedó a su lado.
—Nosotras ayer discutimos por intentar que dejarais de discutir. Un plan bastante regular.
Hubo algunas risas. Entonces ofrecieron turnos para explicar lo ocurrido, sin interrupciones. Sienna sostuvo una cuchara como señal de quién tenía la palabra.

Mientras escuchaban, descubrieron que una goma perdida se había tomado por una goma robada, y que varios empujones habían empezado por no respetar los turnos. No todo era un malentendido: también había cosas que reparar.
Sienna acercó papel para apuntar acuerdos. Nicole ayudó a repartir los turnos. Algunos devolvieron material; otros aceptaron repetir una partida que había sido injusta.
—La cuchara está trabajando más que en el comedor.
Sienna se rio. El patio empezaba a sonar distinto: menos gritos, más conversaciones.

Durante los días siguientes, hubo nuevos enfados, pero también compañeros que volvían al banco para arreglarlos. Sienna y Nicole prepararon juegos cooperativos; escuchar primero había dejado espacio para divertirse después.
El viernes, las dos compartieron el banco mientras el patio seguía jugando.
—Creo que ahora sí puedo echar una siesta.
—Vale. Pero cuando despiertes, me toca elegir juego.
Sienna dejó la cuchara entre ambas, a salvo de perderse. Luego cerró los ojos un instante, acompañada por la risa de su mejor amiga.








