
cuentosIA
La gran aventura de Gabito
Para que sueñes bonito con amor papá

Gabriel jugaba en la orilla cuando una botella tibia rodó hasta sus pies. Hizo ploc contra su zapato.
Mateo corrió detrás de él.
—Si trae sopa, no pienso probarla.
Gabriel rió y destapó la botella con mucho cuidado.

Dentro había un mapa enrollado. Al abrirlo, el papel subió y bajó, como si respirara.
Las líneas se borraban poquito a poquito.
—¡Se está escondiendo!
—O tiene cosquillas. Mira, aquí dice: tres días y una isla entre relámpagos.

En una esquina, Gabriel vio su propio nombre, escrito con su letra torcida. Se quedó quieto.
—Yo no lo escribí... creo.
Mateo sacó un lápiz.
—Entonces tu futuro necesita mejor letra.
El primer acertijo apareció con olor a sal.

—Busca la roca que canta cuando la ola la peina.
Los hermanos corrieron por la playa. Gabriel saltó charcos. Mateo escuchó caracoles.
De pronto, una roca hizo uuuu.
—¡Esa roca sabe cantar mejor que yo!

Bajo la roca encontraron una llave de concha. El mapa cambió enseguida.
Ahora mostraba un bote viejo y dos rayos dibujados.
Esa tarde, Mateo remendó una vela con una camisa. Gabriel llevó galletas.
—Capitán, las galletas son carga importante.

Al anochecer, el bote llegó donde el mar parecía dormir. Nubes grandes taparon la luna.
Un relámpago brilló. Nada.
El segundo brilló más fuerte. Entre ambos, apareció una isla pequeña.
Gabriel apretó la llave.
—Vamos, antes de que parpadee otra vez.

En la isla, la llave abrió una caja. No tenía oro. Tenía otra botella, seca y vacía.
El mapa mostró una última frase:
—Escribe para cuando necesites valor.
Gabriel sonrió y metió el mapa dentro.
—Querido Gabriel: ve con Mateo. Él trae galletas.






