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Martina y las palabras que duelen

Martina llegó al colegio con su cuaderno de dibujos apretado contra el pecho. En el recreo, enseñó una página que le encantaba. Entonces, varios niños torcieron la boca y soltaron frases feas. Martina notó cada palabra como una piedra invisible dentro de los zapatos.

Al día siguiente, Martina dibujó más pequeño. Y al otro, casi no dibujó. Cuando oía risitas, se le encogía la tripa. En clase miraba la goma, callada, mientras todo sonaba lejos. Hasta su sonrisa parecía escondida en algún bolsillo que no encontraba.

La profesora se acercó al ver la hoja medio borrada. Habló bajito y Martina, al fin, levantó los ojos.
—No estás sola. Contarlo no es chivarse; es pedir ayuda.
Entonces una compañera dio un paso adelante.
—Yo lo he oído. Quiero estar con Martina.

Esa tarde, con la profesora cerca, Martina respiró hondo. Le temblaban las manos, pero no la voz.
—No me gusta que habléis así de mis dibujos. Me duele.
Hubo silencio. Uno de los niños bajó la cabeza.
—Pensé que era una broma.

La profesora pidió algo difícil: pensar antes de hablar. Inés empezó.
—Martina imagina cosas preciosas.
Después llegaron otras voces, una tras otra, suaves como vendas: que dibujaba nubes valientes, árboles cantarines, casas alegres. Martina sintió que las piedras invisibles se volvían un poco más ligeras.

Desde entonces, Martina siguió dibujando. Si algo le dolía, ya no lo guardaba en silencio. En clase hicieron un tarro para palabras amables, y cada nota era una luz pequeña. Martina dejó la primera:
—Ser valiente también es pedir ayuda.






