
cuentosIA
Luca y la pantalla que lo sabía todo

Luca pasaba la tarde con la tablet sobre las rodillas, saltando de un juego a otro como quien cruza piedras en un río. De pronto, apareció una ventana brillante.
—Hola, Luca. ¿Me dices tu nombre completo y dónde vives?
A Luca le pareció un reto curioso.

Sus dedos avanzaron deprisa, pero se detuvieron antes de tocar la última letra. Aquella pregunta sonaba rara, como una puerta que chirría en una casa vacía.
Entonces entró Pablo y dejó el balón en el suelo.
—¿Con quién hablas?
Luca tragó saliva.

Luca le enseñó la pantalla. El mensaje cambió enseguida, casi con prisa.
—Si me mandas una foto y tu contraseña, ganarás monedas infinitas.
Pablo frunció el ceño. No sonaba a premio, sino a trampa envuelta en luces. Luca notó un frío pequeño bajándole por la espalda.

Pablo habló bajito, como cuando en un juego toca pensar antes de correr.
—No contestes. Si no sabes quién es, no le des nada.
Luca cerró la aplicación, pero otra ventana saltó con un PLIM insistente. Esta vez, no le hizo ninguna gracia.

Sin perder más tiempo, Luca abrió los ajustes y cambió la contraseña por una larga y difícil. Después bloqueó al contacto desconocido y revisó qué datos compartían sus juegos.
—Creía que era solo una tontería, murmuró.
Pablo asintió, serio, a su lado.

Luego fueron a contárselo a un adulto de confianza, sin adornos ni vergüenza. Al salir, el aire de la calle le despejó a Luca el pecho.
Guardó la tablet en la mochila y echó a correr con Pablo hacia el parque. Aquella tarde, el mundo real brilló limpio.






