
cuentosIA
El tren de las sábanas

Hugo estaba en la cama con los ojos muy abiertos. Se tapó hasta la nariz. Entonces notó una vibración suave. Bajo la sábana sonó un chucu-chucu pequeño y regular.
Hugo escuchó un momento y murmuró: —Mi cama se mueve. Era verdad. Su cama era un tren.

La primera parada llegó despacito. Hugo bajó a un bosque de almohadas enormes. Todo era blando. Todo olía a limpio. Caminó entre montes mullidos y apoyó la mano en uno.
La tela estaba tibia. Hugo bostezó por primera vez, largo y redondo, como una nube.

Después, el tren siguió con su chucu-chucu más lento. Paró junto a un lago de leche tibia, con orillas de galleta. Hugo se sentó y metió los pies.
Qué gusto. El calor le subió por las piernas. Entonces sonó un pitido bajito. Tocaba marcharse.

La tercera estación estaba en silencio. En el andén esperaban peluches con los ojos cerrados. Ninguno corría. Ninguno hablaba alto. Parecía que todos sabían algo.
Hugo miró alrededor, indeciso. Entonces un osito con una oreja doblada subió al tren y se sentó junto a él.

Hugo abrazó al osito. El tren avanzó aún más despacio. Una luz se apagó. Luego otra. El chucu-chucu ya casi era un susurro.
Hugo preguntó muy bajito: —¿Te quedas conmigo? El osito no habló, pero se acurrucó contra su pecho. Y eso bastó.

Al fin, el tren se detuvo. Todo quedó quieto. Hugo abrió un ojo. Estaba en su cama, con la sábana hasta la nariz y el osito contra el pecho.
No supo si fue un sueño. Sonrió un poco, cerró los ojos y durmió hasta la mañana.






