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Lucas y la dentista valiente

Lucas iba al dentista con los brazos cruzados, muy serio. En el coche, el sonido del taladro de la otra vez le zumbaba en la cabeza como un mosquito. Y aquel chorro de agua… ¡qué sorpresa! Papá miró por el retrovisor. “Si te da miedo, me lo dices, ¿vale?” Lucas apretó los labios. “No quiero ir.”

En la sala de espera, Lucas se sentó como una estatua. Olía a jabón y a menta, y eso no le gustaba nada. Papá se agachó a su lado. “Podemos contar hasta diez juntos.” Lucas movió un poco un pie. Entonces se abrió una puerta y una voz tranquila dijo: “Lucas, soy la doctora Sara. ¿Te apetece venir?” Lucas negó despacio.

La doctora Sara no tiró de su mano ni puso prisa. Se sentó en el suelo, junto a Lucas, como si tuvieran un secreto. “Hoy mandas tú”, le dijo. Lucas la miró de reojo. Ella sacó una cajita y la dejó cerrada. “Solo vamos a verla desde lejos. Tú dices ‘para’ cuando quieras.” Lucas respiró hondo: “Para… aún no.”

Poco a poco, la cajita se abrió. Dentro había cosas que brillaban. La doctora Sara habló bajito: “Esto es un espejito. No muerde.” Lo levantó lejos, como una luna pequeña. Lucas se acercó un paso. “¿Puedo tocarlo?” “Claro.” Lucas lo rozó con un dedo. Estaba frío y suave. “Ahora tú decides qué hacemos después”, dijo ella.

Lucas subió al sillón despacio, con papá cerca. El corazón le iba rápido, pero sus manos ya no estaban tan duras. La doctora Sara se quedó a un lado. “No hace falta abrir la boca hoy”, dijo. Lucas se quedó sentado, mirando el techo. “¿Así está bien?” “Perfecto. Ya está por hoy.” Lucas parpadeó. “¿Ya?” “Sí. Has sido valiente.”

Al salir, Lucas llevaba una pegatina en la mano y una sensación rara en la barriga: como cuando aprendes un juego nuevo. En el coche, miró a papá y dijo despacito: "La próxima vez puedo abrir un poquito." Papá le apretó la rodilla. "A tu ritmo, campeón." Lucas pegó la pegatina en la ventanilla del coche y la miró brillar con el sol todo el camino a casa.










