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Leo y el monstruo que tenía miedo

Cada noche, cuando la casa se quedaba en silencio, Leo apretaba la manta hasta la nariz. Debajo de la cama sonaba un ras, ras, un tintín suave y luego un golpecito. Leo cerraba los ojos muy fuerte. “No mires, no mires”, se decía. Mamá dejaba la puerta entreabierta, pero aun así la oscuridad le parecía un pasillo larguísimo dentro de su cuarto.

Aquella noche, el ruido volvió antes de lo normal. Ras, ras. Tintín. Leo tragó saliva. Quería llamar a mamá, pero se acordó de lo que ella decía: “Cuando algo asusta, a veces ayuda mirarlo despacio”. Respiró una vez, luego otra. Después se inclinó hacia el borde del colchón y levantó un poco la colcha. “Hola”, susurró, con la voz temblando como una cucharita.

Debajo de la cama no había un rugido ni unos ojos feroces. Había un sollozo pequeño. Leo parpadeó. Allí estaba Púa, hecho un ovillo, temblando tanto que el cascabel de su collar no paraba de sonar. Tenía las patas sobre la cabeza, como si quisiera desaparecer. Leo abrió mucho los ojos y preguntó, casi sin pensar: “¿Tú tampoco puedes dormir?”.

Púa pegó un bote tan grande que se dio con el somier. “¡Ay!” Luego miró a Leo, aterrado. “Yo... yo debía darte miedo a ti”, tartamudeó. “Pero los niños hacéis mucho ruido, encendéis luces y tenéis pies rapidísimos”. Leo, sorprendido, se sentó en el suelo. “A mí me asusta justo lo de debajo de la cama”, confesó. Los dos se quedaron callados un momento.

“Entonces estamos apañados”, dijo Leo. Púa soltó una risita mínima. Leo fue a por su linterna de dinosaurios y la encendió apuntando al techo, no a la cara de Púa. La luz hizo una isla tranquila en el cuarto. “Cuando tengo miedo, respiro así”, explicó. Hinchó la barriga y la deshinchó despacio. Púa lo imitó. Al tercer intento, dejó de castañetearle la voz.

Justo entonces, una rama golpeó la persiana: tac, tac, tac. Leo se encogió. Púa se metió media cola en la boca del susto. Se miraron. Esta vez ninguno salió corriendo. Leo susurró: “Vamos juntos”. Abrió la ventana un poquito y vio el árbol del jardín moviéndose con el aire. Púa asomó detrás. “Solo era eso”, dijo Leo. “Solo era eso”, repitió Púa, más alto.

Desde aquella noche, Leo y Púa hicieron un plan. Antes de dormir, miraban juntos debajo de la cama, detrás de la cortina y junto a la puerta. Si algo crujía, primero respiraban. Si algo tintineaba, escuchaban mejor. A veces era un calcetín perdido; otras, el cascabel de Púa. “Equipo valiente”, decía Leo. “Equipo valiente”, contestaba Púa, ya sin esconderse del todo.

Una semana después, mamá arropó a Leo y notó algo nuevo. Ya no sujetaba la manta hasta la nariz. Leo sonrió hacia la penumbra de abajo. “Buenas noches, Púa”. Desde el suelo llegó un tintín pequeño, como una respuesta secreta. Leo cerró los ojos. La oscuridad seguía allí, pero ya no era un pasillo larguísimo. Ahora parecía un lugar donde también cabía un amigo.








