
cuentosIA
Emma y el sillón que sube

Emmita estaba en el baño con mamá. Mamá le dijo: “Mañana vamos a ver tus dientes”. Emmita tocó su boca con un dedo. ¿Verlos? ¿Con una lupa? ¿Con una linterna? Emmita no sabía qué era un dentista. Solo oyó la palabra y le sonó a algo serio. Esa tarde, mientras merendaba, Emmita pensó: “¿Y si me quitan uno?”

Por la noche, Emmita se metió en la cama y escuchó el silencio. En su cabeza salieron ideas raras. Imaginó una silla que mordía, una luz como la del sol y un “ñiiiic” como de puerta vieja. “Mamá, ¿duele?”, susurró. Mamá se sentó a su lado. “Vamos a mirar, nada más. Si te asustas, me avisas.” Emmita apretó su manta.

Emmita cerró los ojos y probó una cosa nueva. Inspiró despacio: uno… dos… tres. Soltó el aire: fuuuu. “Así se calman las mariposas”, dijo mamá. Emmita notó la tripa menos revuelta. Aun así, su corazón iba rápido. “¿Puedo llevar mi muñeco?”, preguntó. “Claro”, respondió mamá. Emmita abrazó al muñeco y pensó: “Mañana seré valiente… un poquito.”

Por la mañana, Emmita se vistió despacio. En el desayuno, la tostada sabía distinta, como si fuera un día de examen. “Tengo mariposas”, dijo Emmita, llevándose una mano a la barriga. Mamá le guiñó un ojo. “Las mariposas avisan de cosas nuevas. Vamos juntas.” En la calle, el aire era fresquito. Emmita agarró fuerte la mano de mamá y caminó.

La puerta del dentista se abrió con una campanita. Olía a limpio, como a jabón. Emmita miró todo: sillas, una mesa, y un rincón con juguetes. También había un acuario con peces que nadaban como cometas de colores. Emmita se acercó despacio. “Hola, pececitos”, murmuró. Contó uno, dos… se perdió. Por un momento, las mariposas se quedaron quietas, mirando con ella.

Emmita cogió un cubo y lo puso sobre otro. Luego lo tiró sin querer y sonó “cloc”. Se quedó tiesa. Nadie se enfadó. Mamá dijo: “No pasa nada”. Entonces una puerta se abrió y una voz alegre llamó: “¡Emmita!” Emmita tragó saliva. “Voy contigo”, dijo mamá. Emmita asintió muy seria, como si fuera una exploradora. Dio un paso. Luego otro.

La dentista se presentó: “Soy Clara. Hoy solo vamos a mirar”. Emmita miró sus ojos, que sonreían de verdad. Clara señaló una silla grande. “¿Quieres subir? Sube como un cohete.” Emmita dudó. Luego se sentó y agarró los lados. La silla hizo un zumbidito y subió despacio. Emmita abrió mucho la boca, pero de risa. “¡Estoy alta!”

Clara sacó un espejito diminuto y lo enseñó. “Con esto veo tus dientes, como si fueran una cueva de tesoros.” Emmita apretó su muñeco. “¿Hay tesoros de verdad?”, preguntó. “Claro. Dientes fuertes”, dijo Clara. Emmita abrió la boca un poquito. Clara dijo: “Muy bien, Emmita. Si quieres parar, levanta la mano.” Emmita probó a levantarla y se sintió dueña del momento.

Llegó el agua. Salió en un chorrito suave y fresquito. A Emmita le hizo cosquillas y se le escapó una carcajada. “¡Pica!”, dijo. Clara rió también. “Es agua que limpia, como lluvia pequeña.” Emmita movió los pies en el aire. “¿Otra vez?”, pidió, sorprendida de su propia valentía. Clara contó: “Uno, dos…” y Emmita intentó repetir, con la boca llena de risitas.

Clara miró con calma, diente por diente. “Tienes… muchos”, dijo cantando. Emmita abrió más la boca y señaló con un dedo: “Ese es mío”. Clara asintió. “Todos son tuyos.” Luego le dejó tocar el espejito con cuidado. Era frío, como una cucharita. Emmita pensó que la “cueva” no daba miedo. Era suya, y Clara solo era una guía con luz amable.

“Listo, campeona”, dijo Clara. Emmita parpadeó. ¿Ya? Clara le dio un cepillo nuevo. Era del color que más le gustaba. “Para tus tesoros”, explicó. Emmita lo apretó contra el pecho. “Gracias.” Mamá preguntó: “¿Cómo ha ido?” Emmita se quedó pensativa y dijo: “He sido valiente con mariposas.” Clara respondió: “Eso es ser valiente de verdad.”

En el coche de vuelta, Emmita miró por la ventana. La calle parecía la misma, pero ella no. Sacó el cepillo y lo enseñó como un trofeo. “Mamá, ¿podemos volver?”, preguntó. Mamá se rió. “Volveremos cuando toque.” Emmita pensó en la silla cohete y en el agua que hacía cosquillas. Las mariposas seguían ahí, pero ya no empujaban. Ahora aplaudían, pequeñitas, dentro.








