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Daniel dice adiós a Canela

Daniel notó que Canela ya no corría hacia la puerta. Respiraba despacio y a veces gemía, como si tuviera una piedra dentro. Papá y mamá se sentaron con Daniel en el sofá. “El veterinario puede ayudar a Canela a dejar de sufrir”, dijo papá. Daniel apretó los puños. “¿Y por qué no más pastillas?”, preguntó, mirando al suelo.

Papá tragó saliva. “Las pastillas ya no funcionan, Daniel. Canela tiene mucho dolor.” Daniel se levantó de golpe. “¡No es justo!”, gritó. Quiso enfadarse más, pero el enfado se rompió y salió en lágrimas. Mamá lo abrazó fuerte, sin prisas, sin palabras. Daniel se apretó contra ella y lloró con los ojos cerrados.

Antes de salir, Daniel buscó sus ceras. Dibujó a Canela con su cola levantada, como en los días de parque. Dudó un momento y añadió un sol grande, porque quería que hubiera calor. Luego fue hasta la manta de Canela y metió el papel doblado en un pliegue, como un secreto. “Es para ti”, susurró. Canela parpadeó despacio.

En el coche, Daniel no hizo preguntas. Miró por la ventanilla y contó farolas, una, dos, tres… El cielo parecía demasiado grande. Papá conducía sin poner música. Mamá llevaba una mano sobre la manta que cubría a Canela. Cuando el semáforo se puso en rojo, Daniel pensó en decir algo, pero las palabras se le quedaron pegadas, como chicle.

Volvieron a casa sin Canela. Daniel abrió la puerta esperando oír uñas en el suelo, pero solo sonó el silencio. En la cocina, el comedero estaba vacío, limpio, como si no hubiera existido. Daniel se arrodilló y lloró otra vez. Papá se sentó a su lado. “Yo también lo echo de menos”, dijo, y su voz tembló un poquito.

Los días pasaron despacio. Daniel guardó la pelota de Canela en un cajón y no quiso hablar de “otro perro”. En el patio del cole, cuando alguien le preguntaba, Daniel encogía los hombros y miraba sus zapatillas. Una tarde oyó a papá decir en voz baja: “Me duele también”. Daniel entendió que los mayores lloran, solo que a veces lo hacen por dentro.

Un sábado, Daniel rebuscó en una caja de fotos. Encontró una de Canela de cachorro, con orejas demasiado grandes para su cara. Se le escapó una sonrisa, pequeña pero verdadera. Fue a su pared y la pegó con celo, al lado de un dibujo nuevo: Canela corriendo otra vez. Daniel tocó la foto con la yema del dedo. “Te sigo queriendo”, dijo en voz baja, y respiró hondo.










