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Alba y el pez que ya no nada

Por la mañana, Alba corrió a saludar a Burbuja, como siempre. Pero Burbuja no vino a pedir comida. Estaba arriba, quieto, con la cola inmóvil. Alba dio unos golpecitos al cristal. “Burbuja, despierta”. Esperó. Nada. El agua parecía más fría que otros días. Alba tragó saliva y llamó: “Mamá… Burbuja no se mueve”.

Mamá llegó despacio y miró dentro. Se quedó un momento en silencio, como si buscara palabras en el aire. “Alba, Burbuja ha muerto”, dijo al fin. “Su cuerpo ha dejado de funcionar”. Alba apretó los puños. “¿Y dónde está ahora?” Mamá le rozó el hombro. “Su cuerpo está aquí, pero ya no siente nada”.

A Alba le entraron lágrimas, de esas que pican. “No quiero que se quede ahí”, dijo. “Quiero enterrarlo”. Mamá asintió: “Vale, si eso te ayuda”. Alba buscó una servilleta limpia y una flor pequeña del jarrón. Con mucho cuidado, mamá sacó a Burbuja. Alba lo envolvió despacio, como si el papel también pudiera tener mimo.

Salieron al jardín. El aire olía a tierra húmeda. Alba caminó despacio, mirando el suelo como si el jardín tuviera respuestas. Se paró bajo el limonero. “Aquí”, decidió. Mamá le dio una pala pequeña. Alba cavó; la tierra se resistía y le cansaba los brazos. “Es duro”, resopló. “Lo estás haciendo muy bien”, dijo mamá.

Cuando el agujero tuvo el tamaño justo, Alba colocó el paquetito con la flor. Le tembló la voz. “Adiós, Burbuja. Eras el pez más bonito”. Mamá dejó que el silencio se quedara un ratito. Luego Alba tapó con tierra y puso una piedra encima, para recordar el sitio. Se limpió la nariz con la manga. “No quiero olvidarle”, susurró.

Esa noche, Alba pintó la piedra de azul con un pincel fino. Al día siguiente y al otro, pasaba por la pecera vacía y se le hacía un nudo en la barriga. A veces se enfadaba y otras se quedaba callada. “Echo de menos que haga burbujitas”, dijo una tarde. Mamá se sentó a su lado. “Yo también le echo de menos”, respondió.

Una mañana, Alba miró la pecera y tuvo una idea. “Mamá, ¿podemos poner agua con purpurina? Para acordarnos de Burbuja”. Mamá pensó un segundo y sonrió sin prisa. “Sí. Y si quieres, también una piedrecita azul dentro”. Cuando el agua brilló, Alba no dejó de estar triste, pero respiró mejor. “Hola, Burbuja”, dijo bajito. “Te veo”.










